
Salimos de Benidorm por la avenida Beniardà y en pocos kilómetros llegamos a La Nucia. Su término concentra muchas urbanizaciones, hogar de extranjeros pero también de españoles que trabajan en Benidorm y han adquirido su chalet en La Nucia. El núcleo urbano es blanco, limpio y cuidado y en un corto paseo nos lleva al Lavadero.
Cerca de allí se instala en una amplia avenida el conocido rastro. El pueblo abandona su figura de reposo los domingos cuando llegan visitantes de toda la comarca para adquirir algún objeto en su rastrillo. Es bonito visitar también el parque de La Favara, recientemente ampliado y que en la zona más baja cuenta con la famosa fuente que le da nombre. Desde el propio mercadillo divisamos la imagen inconfundible de Polop, en las estribaciones de la Sierra Aitana, con sus casas escalando la colina hasta llegar al cementerio. A espaldas del pueblo impone el Ponoch, con 1.181 metros de altitud, y su figura característica del “león dormido”. La localidad recuerda en algunos rincones a su veraneante más ilustre, Gabriel Miró, cuya casa cierra un monumento al agua, la famosa Font dels Xorrets con 221 caños y cada uno con el nombre de un municipio alicantino. También residieron aquí Oscar Esplá y Benjamín Palencia, cuyo taller todavía se conserva.

Seguimos otra vez por la comarcal que lleva a Callosa d'En Sarrià donde las principales referencias son las Fuentes del Algar y el cultivo del níspero. Las Fuentes son una serie de cascadas que forman remansos para el baño, una especie de parque acuático con piscinas naturales (tolls) inundadas de aguas frescas y cristalinas. En el recinto, donde se entra abonando entrada, hay lugares de visita como el Arboretum y el Museo del Medio Ambiente.
También cuenta con zona de acampada, pic-nic y el Museo del Agua.
El Algar es el referente de la población callosina aunque también hay otros lugares atractivos que pertenecen al llamado itinerario cultural y que viene marcado por El Portal, una puerta que formaba parte de la zona amurallada del siglo XIV. La Ermita de Santa Bárbara, del siglo XVIII, la Iglesia de San Juan Bautista, del siglo XVI, y el Museo Etnológico completan un conjunto cultural que tiene otros elementos.

Desde Callosa subimos un pequeño puerto de montaña hasta llegar a El Castell de Guadalest. Este núcleo conserva para el visitante una de las imágenes más pintorescas de la comarca y de la Costa Blanca, con el alto campanario que se ve en la lejanía y el túnel socavado en la roca que nos da acceso al escarpado casco antiguo agarrado a la mole de granito. Es un monumento de la naturaleza, una fortaleza del tiempo geológico que nos asoma a un grandioso paisaje desde el que se divisan los montes y el embalse que recoge las aguas del río Guadalest que recorre el valle. En la parte alta del pueblo está el campanario, la mazmorra, el castillo de San José, el actual cementerio, la casa nobiliaria de los Orduña, la Iglesia Parroquial y la fortificación morisca llamada Alcozaiba. Antes de subir al promontorio pasamos por el Arrabal, donde se sitúan las tiendas de artesanía, los museos y restaurantes. Los numerosos museos, por cierto, son de los más pintorescos de la provincia.

Desde Callosa también podemos dirigirnos a Bolulla, con su castillo morisco, y a la población de Tàrbena, elevada sobre un terreno rocoso con abundantes barrancos y fuentes. De su pasado conserva el Castillo de los Moros y las huellas que dejaron los mallorquines que repoblaron estas tierras en el siglo XVII en los giros de su dialecto y sus más preciadas recetas como es el caso de la sobrasada.
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